Por María Paz Aylwin A.
A más de un año de la entrada en vigencia de la Ley Karin, muchas organizaciones parecen haber confundido el objetivo de la norma con el mecanismo para cumplirla. Se implementaron protocolos, canales de denuncia y capacitaciones, pero la magnitud de las denuncias expone una pregunta incómoda: ¿estamos construyendo culturas más respetuosas o administrando denuncias?
La cifra merece atención. Desde la entrada en vigencia de la ley se han presentado más de 66.000 denuncias y cerca del 87% corresponde a casos de acoso laboral. El problema no parece estar en conductas excepcionales sino todo lo contrario; pareciera ser que el acoso laboral pasó a formar parte de nuestra forma de relacionarnos.
Resulta paradójico pensar que de niños nos enseñaron a trabajar con compañeros que no elegimos. Nos asignan grupos al azar porque la vida adulta exige convivir con personas distintas, pero al llegar al trabajo, se nos olvida. Esperamos que todos piensen, actúen y se comuniquen como nosotros y cuando eso no ocurre, el conflicto suele administrarse mediante la desvinculación.
Desvincular a una persona porque no genera afinidad personal no suele evidenciar un problema del trabajador. Suele evidenciar un límite del liderazgo donde las organizaciones olvidan que necesitan menos líderes que administren personas que les agradan y más líderes capaces de obtener resultados con personas diferentes a ellos. Lo primero es comodidad. Lo segundo es gestión.
Algo similar ocurre con el respeto. Uno podría asumir que tratar dignamente a otros adultos no debería requerir una ley y sin embargo, muchas organizaciones siguen enfrentando problemas de convivencia que no sólo creíamos superados hace décadas, sino que llegan a ser vergonzosos e impresentables.
Una denuncia suele ser el reflejo de un fracaso organizacional, es la consecuencia de un conflicto que nadie abordó a tiempo, por eso, el éxito de la ley no debería medirse por cuántas denuncias recibe una empresa ni por la rapidez con que las investiga sino por cuántas situaciones logra evitar.
Proteger a las personas no consiste únicamente en investigar lo que ocurrió, consiste en preguntarnos por qué seguimos necesitando una ley para recordarnos cómo comportarnos entre adultos
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