Por Ricardo Neira N. Decano de la Facultad de Ingeniería, Arquitectura y Tecnologías para la Sociedad. Universidad Academia de Humanismo Cristiano
Un estudiante entrega un proyecto impecable. La redacción es precisa, los cálculos parecen consistentes y la presentación resulta convincente. Pero, cuando debe explicar por qué tomó una decisión, su respuesta vacila. La escena, perfectamente plausible en cualquier universidad, contiene una pregunta que comienza a incomodar a la educación superior: ¿estamos evaluando lo que una persona comprende o lo que consigue producir con asistencia tecnológica?
La inteligencia artificial ha vuelto urgente esa distinción. Y lo que viene exige mirar más allá de los programas capaces de escribir textos o generar imágenes. Los agentes inteligentes pueden utilizar herramientas y ejecutar secuencias de tareas.
Los sistemas multiagente coordinan funciones. La robótica lleva las decisiones computacionales al mundo físico. Aunque sus capacidades siguen siendo desiguales y requieren verificación, ya plantean un desafío educativo que no se resuelve agregando una asignatura de tecnología.
La universidad debe preguntarse qué conocimientos, experiencias y criterios necesita una persona para actuar responsablemente cuando puede delegar una parte creciente de su trabajo intelectual.
El riesgo de producir sin comprender
Durante mucho tiempo, un informe, un cálculo o un diseño ofrecían indicios razonables del aprendizaje de quien los entregaba. Hoy, esa relación necesita comprobarse con mayor cuidado.
La misma herramienta que permite explorar una hipótesis puede ocultar la ausencia de conocimientos. Puede ayudar a un estudiante a descubrir un error o permitirle presentar un resultado que no está en condiciones de defender.
Por eso, necesitamos dar más valor a la explicación, la discusión y la revisión del proceso. Una defensa oral, una prueba práctica o una bitácora de decisiones pueden mostrar lo que una presentación brillante deja fuera: cómo piensa el estudiante, qué comprende y dónde reconoce sus límites.
Los fundamentos importan precisamente porque existe la posibilidad de delegar. Quien desconoce un campo difícilmente podrá detectar cuándo una respuesta automatizada es equivocada, irrelevante o peligrosa.
Un nuevo Renacimiento educativo
Propongo pensar esta transformación desde la idea de un neorrenacimiento: una formación que vuelva a conectar ciencias, ingeniería, filosofía, artes y comprensión social.
No se trata de exigir que cada joven se convierta en una figura enciclopédica. Se trata de formar especialistas capaces de conversar con otros saberes y de comprender a las personas afectadas por sus decisiones.
Un sistema de transporte necesita cálculos y modelos, pero también conocimiento sobre quienes viajan, cuidan, trabajan de noche o viven lejos de los servicios. Una vivienda requiere estructura y eficiencia energética, junto con comprensión de la vida que ocurrirá en ella. Una herramienta de inteligencia artificial incorpora decisiones sobre qué optimizar, qué información considerar y qué consecuencias aceptar.
La formación entre disciplinas adquiere sentido cuando estas preguntas se trabajan juntas.
En América Latina, ese encuentro debe incluir saberes territoriales, experiencias comunitarias y diversidad cultural. El futuro tecnológico también se construye desde los lugares donde vivimos.
Tres filósofos para una discusión urgente
Byung-Chul Han ofrece una advertencia pertinente. Su crítica a la sociedad del rendimiento permite preguntarnos qué hacemos con el tiempo que la tecnología promete ahorrar. ¿Lo utilizaremos para comprender mejor o simplemente exigiremos más entregas, más disponibilidad y más resultados?
Una universidad que incorpora inteligencia artificial debería proteger espacios de lectura, observación y conversación. Pensar requiere tiempo, incluso cuando producir una respuesta toma segundos.
Éric Sadin interroga otro problema: la autoridad que concedemos a sistemas capaces de orientar nuestras decisiones. En el aula, esa inquietud se traduce en una capacidad concreta: aprender a disentir de una recomendación algorítmica y justificar ese desacuerdo.
Yuk Hui, mediante sus reflexiones sobre cosmotécnica y tecnodiversidad, abre una tercera pregunta: ¿debemos aceptar una única forma de desarrollo tecnológico? Su perspectiva invita a examinar cómo los valores y las culturas intervienen en las tecnologías que construimos.
Estos autores mantienen diferencias importantes. Sus ideas no constituyen un programa educativo común. Leídas en diálogo, ayudan a formular preguntas que deberían acompañar cualquier reforma universitaria: cuánto exigimos, quién decide y qué futuro estamos favoreciendo.
Atreverse sin convertir el fracaso en una condena
La discusión también alcanza a la manera en que acompañamos a las nuevas generaciones.
Se repite que los jóvenes deben innovar, emprender y “atreverse a fracasar en grande”. La invitación puede estimular proyectos valiosos. Pero hay que reconocer que fracasar no cuesta lo mismo para todos. Un estudiante con respaldo económico dispone de oportunidades de recuperación distintas de quien trabaja para financiar sus estudios o sostiene responsabilidades familiares.
La universidad debe ofrecer condiciones para experimentar: tutoría, recursos compartidos, pruebas controladas y oportunidades de revisar el trabajo.
Podemos proponer desafíos grandes y comenzar con experimentos acotados. Un equipo que aspira a mejorar la movilidad de una comuna puede iniciar su aprendizaje con una simulación. Una hipótesis refutada puede ser un resultado intelectualmente valioso si fue formulada y examinada con rigor.
El fracaso merece análisis; el aprendizaje debe demostrarse. La ambición educativa necesita acompañamiento, no una nueva obligación de ser extraordinario.
La decisión que Chile debe tomar
La Organización Internacional del Trabajo ha señalado que la exposición a la inteligencia artificial generativa puede traducirse en transformación de tareas y empleos, sin implicar necesariamente su sustitución completa. Para las universidades, esto exige revisar la formación con atención a lo que cambia dentro de cada profesión.
Chile tiene la oportunidad de desarrollar capacidades vinculadas a problemas concretos: vivienda, movilidad, cuidados, producción, cultura y sostenibilidad. Para ello necesita profesionales que puedan utilizar tecnología, evaluar sus resultados y mantener soluciones útiles en el tiempo.
En la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, la articulación entre ingeniería, arquitectura y tecnologías para la sociedad encuentra un fundamento especialmente valioso en su acervo en humanidades, ciencias sociales, artes y pensamiento crítico. Esta tradición permite abordar la transformación tecnológica desde una comprensión profunda de las personas, las culturas y los territorios, y ofrece una base para impulsar un nuevo Renacimiento educativo.
Su potencial deberá expresarse en experiencias formativas interdisciplinarias, investigación compartida y colaboración con comunidades y organizaciones, formando profesionales capaces de innovar con autonomía de juicio, sensibilidad social y responsabilidad ética.
La pregunta decisiva aparecerá cuando un sistema recomiende una ruta, seleccione una alternativa o ejecute una acción: ¿quién comprende lo suficiente para evaluar lo ocurrido y responder por sus consecuencias?
Esa persona debe estar en el centro de la formación universitaria. Formarla exige conocimientos sólidos, imaginación, sensibilidad social y libertad de juicio. Allí comienza el nuevo Renacimiento que necesitamos.
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