Por Dra. María Paz Acuña-Ruz, académica de la Facultad de Ingeniería y Ciencia de la UAI.
Cada 2 de febrero se conmemora el Día Mundial de los Humedales, y este 2026 la invitación es desafiante y profunda. Bajo el lema “Los humedales y los conocimientos tradicionales: celebremos el patrimonio cultural”, definido por la Convención Ramsar, la fecha propone ir más allá de una conmemoración simbólica. Nos convoca a una celebración de cuidado, respeto y protección de ecosistemas clave, que sostienen la vida cotidiana pero que hoy enfrentan múltiples presiones ambientales y territoriales.
Chile posee una diversidad extraordinaria de humedales, desde vegas y bofedales altoandinos vinculados a culturas ancestrales, pasando por salares, ríos, estuarios y marismas, hasta lagunas costeras, humedales urbanos y turberas australes que han modelado paisajes, economías locales y formas de vida durante siglos.
Sin embargo, la paradoja es evidente: dependemos de estos ecosistemas para la seguridad hídrica, la biodiversidad y la adaptación al cambio climático, mientras seguimos tratándolos como “suelo disponible” o “terreno drenable”, invisibilizando su valor ecológico y cultural en la planificación territorial.
Las cifras incomodan. En la primera etapa del Inventario Nacional de Humedales se estimaron cerca de 1.986.167 hectáreas de humedales en Chile, pero solo un 0,5% cuenta con protección estatal efectiva. La brecha entre reconocimiento y protección real sigue siendo profunda.
En los últimos años, Chile ha avanzado en el plano legal. La Ley 21.202 de Humedales Urbanos abrió una puerta histórica para reconocer estos ecosistemas como infraestructura ecológica esencial para la calidad de vida y la resiliencia climática.
Más recientemente, la Ley 21.660 de Protección Ambiental de las Turberas, publicada en abril de 2024, marcó un hito al prohibir la extracción de turba fósil y regular estrictamente el uso del musgo Sphagnum, reconociendo a las turberas como reservas estratégicas de agua y carbono en un contexto de crisis climática global. Son avances relevantes, pero aún insuficientes.
Una ley por sí sola no salva un humedal. Lo hacen la implementación efectiva, la planificación temprana, el monitoreo y la fiscalización, junto a una toma de decisiones que entienda que esto no es solo “naturaleza”, sino gobernanza ambiental, justicia hídrica, salud pública y cultura.
Por ello, la interdisciplina y los conocimientos tradicionales son indispensables: datos ecológicos sólidos deben dialogar con saberes territoriales y comunitarios, especialmente cuando la incertidumbre técnica, si no se transparenta, termina en malas decisiones y pérdida territorial.
Celebrar el Día Mundial de los Humedales no es solo sensibilización, es asumir una responsabilidad colectiva frente a ecosistemas de los que dependemos. Incorporarlos de manera real en la planificación territorial, fortaleciendo su protección y conservación, y abriendo espacios donde las comunidades sean protagonistas, es una condición para decidir mejor como país.
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