Por María Cristina Hernández. Analista cualitativa del Observatorio Laboral de la Universidad de O’Higgins
Las brechas de género en el empleo en la Región de O’Higgins no son fruto del azar ni de circunstancias pasajeras. Son el reflejo de un modelo productivo que se sostiene en un sistema primario-exportador y que desde siempre ha relegado el cuidado a la esfera privada, dejando a muchas mujeres en empleos precarios.
Los datos no engañan. Según el último Termómetro Laboral del Observatorio Laboral de O’Higgins de la UOH, la desocupación en la región llegó al 10,8%, por encima del promedio nacional de 9,6%. Pero lo que más llama la atención es la distancia entre mujeres y hombres: la tasa de desempleo femenina es del 13,2%, mientras que la masculina solo alcanza el 9,1%.
Algo similar ocurre con la participación en el mercado laboral: solo el 47,4% de las mujeres están activas, frente al 66,9% de los hombres. Esta disparidad pone en evidencia una exclusión estructural.
Ese escenario está estrechamente ligado a la carga desigual de tareas domésticas y de cuidado que enfrentan las mujeres. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), del INE, muestra que en O’Higgins las mujeres dedican casi el doble de horas diarias a trabajos no remunerados (5 horas y 7 minutos) en comparación con los hombres (2 horas y 37 minutos).
Esta “doble jornada” limita sus posibilidades laborales, llevándolas a empleos informales o temporales, que a la vez afectan su ingreso. Al respecto, la última Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI) muestra diferencias importantes de ingreso entre hombres y mujeres, tanto a nivel nacional (que presentó un ingreso medio para los hombres de $1.062.864 y para las mujeres de $832.566) como regional (que presentó un ingreso medio mensual para hombres de $875.812, mientras que el de mujeres es de $670.000).
Si bien en ambos casos es evidente la brecha entre hombres y mujeres, en desmedro de estas últimas, la diferencia a nivel nacional fue de 21,7%, mientras que, a nivel regional, fue de 23,5%.
Frente a esta realidad, las respuestas deben ir más allá de lo urgente para apuntar a cambios de fondo en la estructura productiva. Primero, es clave diversificar la economía regional, promoviendo sectores como la tecnología, los servicios avanzados y la agroindustria de mayor valor agregado. Solo así se podrán crear trabajos formales y estables que permitan a las mujeres salir de la precariedad.
En segundo lugar, es fundamental fortalecer una oferta pública que apoye a las familias lideradas por mujeres, con programas que fomenten la autonomía económica y con una red territorial de cuidados. Al considerar el cuidado como una responsabilidad colectiva, se abre una puerta para que muchas más mujeres puedan integrarse plenamente al mercado laboral.
Mientras en las grandes ciudades el foco suele estar en romper el “techo de cristal”, en O’Higgins el desafío es distinto: sacar a las mujeres del “piso pantanoso” que las mantiene ancladas en empleos de baja calidad y sin continuidad.
Para avanzar hacia un desarrollo con justicia social, la región necesita dejar atrás un modelo basado en la estacionalidad y la sobrecarga del trabajo doméstico no remunerado. Eso solo será posible con cambios profundos en la forma en que se organiza el trabajo y se sostienen las redes de apoyo.
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