Por María Elba Chahuán. Vicepresidenta y fundadora de Unión Emprendedora
El mercado laboral chileno vuelve a encender una señal de alerta. La tasa de desocupación llegó a 9,6% en el trimestre junio-agosto, su nivel más alto en cinco años, mientras el desempleo femenino alcanzó 10,3%, un punto porcentual más que hace un año.
En paralelo, la cantidad de personas ocupadas disminuyó 0,9% en doce meses y la informalidad llegó a 26,3%. Son cifras que hablan de un mercado laboral que está enfrentando dificultades y que tienen una consecuencia concreta: para muchas familias, generar ingresos se vuelve más difícil.
En este escenario, creo que tenemos que mirar con más atención una alternativa que en Chile tiene una presencia enorme: el emprendimiento. No porque emprender deba convertirse en el reemplazo del empleo formal ni porque toda persona que pierde su trabajo tenga que transformarse en empresaria.
Emprender también puede surgir por necesidad y, cuando eso ocurre, el riesgo es que una oportunidad para generar ingresos termine simplemente trasladando a una persona desde el desempleo hacia la informalidad y la precariedad.
Pero hay una señal que no podemos ignorar. Según los resultados más recientes del Global Entrepreneurship Monitor, por primera vez en Chile la proporción de mujeres que está iniciando o administrando un negocio nuevo superó levemente a la de los hombres: 29,6% versus 29,1%. Es un dato relevante porque muestra que las mujeres no están fuera del fenómeno emprendedor; por el contrario, están teniendo una participación muy activa en él.
El problema aparece cuando miramos qué ocurre después. El mismo estudio muestra que mientras el emprendimiento en etapa inicial alcanza alrededor del 29%, los negocios establecidos llegan solo a 7,1%. Es decir, tenemos muchas personas capaces de dar el primer paso, pero muchas menos que logran consolidar una empresa y mantenerla en el tiempo. Ahí es donde, a mi juicio, tenemos una de las conversaciones más importantes que debemos tener sobre emprendimiento femenino.
Una mujer que pierde su empleo y comienza a vender productos, ofrecer servicios profesionales o desarrollar un negocio desde su casa puede estar encontrando una solución concreta para generar ingresos. Pero si queremos que esa actividad se transforme en una verdadera oportunidad de desarrollo, necesitamos que tenga acceso a capacitación, financiamiento, redes, tecnología y mercados. No basta con que una mujer emprenda; necesitamos que pueda crecer.
Esto es especialmente relevante porque las mujeres enfrentan barreras adicionales. El informe global de GEM sobre emprendimiento femenino muestra que las mujeres fueron 47% más propensas que los hombres a cerrar un negocio por razones familiares o personales. El dato no habla de falta de capacidad para emprender, sino de una realidad que todavía condiciona la trayectoria empresarial de muchas mujeres: la distribución de las responsabilidades de cuidado.
Por eso, frente a un escenario de mayor desempleo, hablar de emprendimiento femenino también significa hablar de condiciones para emprender. Una mujer que necesita generar ingresos rápidamente probablemente no tendrá el mismo margen para esperar meses por financiamiento, capacitarse o construir una red comercial que alguien que cuenta con otra fuente de ingresos. Si además tiene responsabilidades familiares, el desafío aumenta.
Chile cuenta con instrumentos que apuntan precisamente a cerrar parte de estas brechas. Sercotec, por ejemplo, mantiene Capital Abeja, que durante 2026 entrega subsidios de $3,5 millones para la creación y formalización de negocios liderados por mujeres, y Capital Pioneras, orientado a abrir oportunidades para emprendedoras en rubros donde tradicionalmente han tenido menor participación.
El desafío, sin embargo, es que estos apoyos sean parte de un ecosistema y no solamente un punto de partida. Una emprendedora necesita financiamiento, pero también clientes. Necesita capacitación, pero también contactos. Necesita formalizarse, pero también que formalizarse tenga beneficios concretos para su negocio.
El aumento del desempleo femenino nos obliga a mirar nuevamente cómo estamos generando oportunidades económicas para las mujeres. Y el emprendimiento puede ser una de esas vías, siempre que no lo entendamos como una salida de emergencia, sino como una posibilidad real de construir autonomía económica y empresas sostenibles.
Las mujeres ya están emprendiendo. El desafío ahora es que más de ellas puedan pasar de generar ingresos para salir adelante a construir negocios que crezcan, se formalicen, contraten y permanezcan en el tiempo, porque cuando una mujer logra consolidar su emprendimiento, no sólo cambia su propia realidad, sino que también puede convertirse en una nueva fuente de empleo y oportunidades para otras personas.
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