Por Margarita Ducci, Directora Ejecutiva Pacto Global Chile, ONU
Cada enero, Davos vuelve a aparecer en las noticias como un símbolo: para algunos, el lugar donde se reúnen las élites a diagnosticar los problemas del mundo; para otros, un espacio incómodo pero necesario, donde se ensayan consensos globales en medio de un planeta cada vez más fragmentado.
Este año, sin embargo, Davos dejó algo más que declaraciones. Y eso importa, porque la 56ª Reunión Anual del World Economic Forum marcó un punto de inflexión en la agenda global y Davos 2026 instaló el agua como prioridad estratégica mundial.
No puedo evitar mirar la 56ª Reunión Anual del World Economic Forum con una mezcla de esperanza y memoria. En 1999, en ese mismo escenario, nació el Pacto Global de Naciones Unidas. Fue un momento bisagra: empresas, gobiernos y sociedad civil aceptaron -al menos en el papel-, que el crecimiento económico no podía seguir separado de los derechos de las personas, el trabajo decente, el medio ambiente y la lucha contra la corrupción.
Hace 25 años, hablar de sostenibilidad era casi contracultural. Hoy es ineludible, porque el Pacto Global ONU redefinió la relación entre empresa y sostenibilidad y el crecimiento económico ya no puede desvincularse de los derechos humanos y el medio ambiente.
Que Davos haya declarado 2026 como el Año del Agua, o Blue Davos, no es un gesto menor. El agua es la prueba más concreta de que la crisis ambiental dejó de ser una abstracción. Dos mil doscientos millones de personas sin acceso a agua potable segura no son una estadística: son vidas condicionadas, enfermedades evitables, oportunidades perdidas.
Que casi la mitad de la población mundial viva bajo estrés hídrico severo al menos un mes al año debería sacudirnos más de lo que lo hace, porque la crisis hídrica global es una amenaza directa al desarrollo humano y el estrés hídrico severo ya afecta a casi la mitad del planeta.
El Foro fue claro al poner cifras al problema: más del 50% del PIB mundial depende de la naturaleza y de servicios ecosistémicos como el agua. Cuando se rompe el ciclo hídrico, no solo se degrada el medio ambiente; se erosiona la economía, la estabilidad social y la confianza.
Sin embargo, durante décadas tratamos al agua como si fuera infinita, barata y ajena a cualquier lógica de gobernanza. Por eso resulta relevante que iniciativas como el Water Resilience Challenge busquen soluciones concretas en infraestructura, agricultura y ciudades, porque más del 50% del PIB mundial depende de la naturaleza y del agua y la resiliencia hídrica es una condición para la estabilidad económica y social.
El Global Risks Report 2026 lo dice sin rodeos: vivimos en un mundo donde la incertidumbre es la norma, donde la confrontación reemplaza a la cooperación y la confianza, esa moneda invisible pero esencial, se devalúa. En ese contexto, los criterios ESG ya no alcanzan si se reducen a checklists o reportes de cumplimiento. Necesitan alma, propósito y una mirada sistémica que incorpore capital natural, social y humano.
Me resonaron especialmente las advertencias de Christine Lagarde y Kristalina Georgieva: sin enfrentar las desigualdades económicas, sociales y tecnológicas, la innovación y el crecimiento sostenible no llegarán a quienes más lo necesitan, porque los criterios ESG requieren una visión sistémica y no solo cumplimiento formal y la desigualdad amenaza la legitimidad del crecimiento sostenible.
Davos 2026 parece haber entendido algo esencial; no hay crecimiento posible en un planeta sediento, ni estabilidad en sociedades que sienten que siempre pagan los mismos el costo de las crisis. Volver al espíritu de Pacto Global, ese acuerdo ético entre lo público y lo privado, es quizás el acto más radical que Davos puede hacer hoy. Porque el agua, como la confianza, no se ve hasta que falta.
Y cuando falta, ya es demasiado, porque no hay crecimiento posible sin gobernanza del agua y la sostenibilidad hídrica es un imperativo estratégico para el futuro global.
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