Por Bernardita Espinoza Valdivia. Ingeniero Civil Industrial y Magíster en Derecho
Chile enfrenta una de las crisis demográficas más profundas de su historia. Sin embargo, gran parte del análisis público continúa concentrándose en factores económicos, acceso a la vivienda, incertidumbre laboral o costo de la vida, ignorando una causa estructural que muchas mujeres conocen perfectamente porque la viven a diario.
La tasa global de fecundidad en Chile alcanzó en 2024 apenas 1,03 hijos por mujer, uno de los registros más bajos del mundo y muy lejos de la tasa de reemplazo generacional de 2,1 hijos por mujer. Las cifras provisionales publicadas para 2025 muestran que la tasa continuó descendiendo, ubicándose en 0,99 hijos por mujer, consolidando así una tendencia histórica de caída sostenida de los nacimientos.
En pocas décadas nuestro país pasó de preocuparse por el crecimiento de la población a enfrentar un acelerado envejecimiento demográfico que comprometerá la sostenibilidad futura de los sistemas previsionales, de salud y del propio mercado laboral.
Frente a esta realidad, abundan los diagnósticos que apuntan a las dificultades económicas que enfrentan las nuevas generaciones. Sin duda, dichos factores existen y son relevantes. Sin embargo, hay una pregunta incómoda que rara vez aparece en los análisis y que millones de mujeres se hacen en privado: ¿Realmente las condiciones dentro de los hogares hacen satisfactorio y justo para una mujer asumir la maternidad?
Porque el problema no radica únicamente en tener hijos. El problema es quién termina haciéndose responsable de ellos.
Durante décadas las mujeres luchamos por acceder a la educación superior, por incorporarnos al mundo laboral y por demostrar nuestras capacidades en espacios históricamente masculinos. Lo logramos. Hoy las mujeres estudian, trabajan, generan ingresos, lideran organizaciones y sostienen económicamente a sus familias.
Sin embargo, al llegar a sus hogares muchas continúan siendo las principales responsables de coordinar la vida familiar, llegan a sus barrios y siguen siendo responsables de la organización de la vida comunal, del cuidado de los enfermos, las juntas de vecinos, el cuidado de las personas necesitadas y en situación de calle.
Y aquí aparece una realidad que rara vez se mide adecuadamente.
No se trata solamente de cocinar, lavar o limpiar. Se trata de la carga mental invisible: recordar las reuniones escolares, organizar controles médicos, planificar cumpleaños, gestionar compras, preocuparse por los ancianos y enfermos de la familia, participar en las actividades comunales, sociales y de ayuda, anticipar necesidades futuras de la familia/la comunidad, supervisar tareas de los niños, coordinar horarios y resolver permanentemente contingencias familiares, comunitarias.
Este desequilibrio no es solo percepción. La II Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) muestra que, en un día tipo, las mujeres destinan en promedio 02:05 horas diarias más que los hombres a trabajo no remunerado. En trabajo doméstico no remunerado, las mujeres promedian 03:31 horas diarias versus 02:09 en hombres; y en cuidados no remunerados, la participación femenina (42,6%) supera a la masculina (32,4%).
Muchas veces se argumenta que los hombres colaboran más que antes. ¡Y sí, es cierto! Hoy en numerosos hogares existe una mayor participación masculina que en generaciones anteriores. Sin embargo, colaborar no es lo mismo que asumir responsabilidad.
Existe una diferencia profunda entre ejecutar tareas y hacerse cargo de su planificación, organización y resultado. No basta con ayudar cuando alguien lo pide. No basta con realizar determinadas labores de manera ocasional. La corresponsabilidad implica compartir verdaderamente la carga de pensar, organizar, anticipar y gestionar el funcionamiento integral del hogar, la familia y la comunidad.
Mientras esa distribución continúe siendo profundamente desigual, muchas mujeres seguirán percibiendo la maternidad como una sobrecarga incompatible con sus proyectos personales, profesionales y familiares. Las cifras laborales muestran indirectamente esta realidad.
La tasa de desempleo femenina continúa siendo superior a la masculina. Durante 2024 alcanzó aproximadamente un 9,3%, frente a un 7,8% en hombres. Más revelador aún es que las mayores brechas aparecen precisamente cuando existen responsabilidades de cuidado infantil. Las mujeres que viven en hogares con niños pequeños enfrentan tasas de desempleo significativamente más altas y mayores dificultades de inserción laboral.
Las estadísticas muestran algo que muchas mujeres experimentan diariamente: la maternidad sigue teniendo costos laborales considerablemente mayores para ellas que para los hombres.
Resulta llamativo que cuando se discute la crisis de natalidad, se analicen extensamente los subsidios, los bonos, las viviendas o las políticas de apoyo económico, pero casi nunca se cuestione seriamente la distribución de las responsabilidades dentro de los hogares.
Pareciera que seguimos asumiendo implícitamente que la solución consiste en convencer a las mujeres de tener más hijos, en lugar de preguntarnos por qué tantas mujeres consideran que la maternidad implica una renuncia excesiva a su bienestar, a su tiempo personal y a sus posibilidades de desarrollo.
La verdadera discusión no es únicamente cuántos hijos quieren tener las mujeres. La pregunta es bajo qué condiciones están dispuestas a hacerlo.
Mientras sigamos ignorando la desigual distribución de la carga mental, organizacional y de cuidados al interior de los hogares, familias extendidas y comunidades, seguiremos abordando la crisis de natalidad desde sus síntomas y no desde una de sus causas más profundas.
Quizás el punto ciego más grande de esta conversación es que seguimos tratando la natalidad como una decisión individual, cuando en realidad es un reflejo del tipo de vida que estamos construyendo puertas adentro. La corresponsabilidad no se juega en grandes discursos, sino en lo cotidiano: quién anticipa, quién organiza, quién recuerda, quién se hace cargo cuando nadie mira. Si queremos que la maternidad vuelva a ser una opción posible -no una renuncia- necesitamos una cultura que distribuya de verdad la carga mental y los cuidados.
Y eso empieza primero en la educación de los niños y jóvenes, con visibilización y valorización del rol de madre o cuidadora, y en lo personal por algo simple y exigente a la vez: dejar de “ayudar” y comenzar a “hacerse responsable”.
La crisis demográfica no se revierte solo con medidas externas. También se revierte cuando, en cada hogar, la planificación de la vida familiar y el cuidado dejan de recaer por defecto en una sola persona. Ese cambio, silencioso pero profundo, puede ser una de las claves que todavía no estamos mirando con suficiente seriedad.
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