El Workmonitor 2026 de Randstad revela que 41% de los trabajadores chilenos tomó o busca un segundo empleo para complementar ingresos, mientras 56% teme por su estabilidad laboral y aumentan las señales de sobrecarga y desgaste personal
El segundo empleo comienza a ganar espacio como una respuesta concreta a la presión sobre los ingresos. Un 41% de los trabajadores en Chile recurrió a una segunda ocupación para enfrentar el aumento del costo de vida, proporción que casi duplica el 22% registrado un año antes y supera levemente el promedio global de 40%, según el Workmonitor 2026 de Randstad.
La necesidad de aumentar los ingresos también está modificando la jornada principal. Otro 41% afirma que sumó horas de trabajo durante el último año para ganar más dinero, frente al 20% que declaraba esa misma conducta en 2024. A la presión financiera se agrega la incertidumbre: 56% teme que la situación económica termine afectando su seguridad laboral, diez puntos por encima del promedio internacional.
El fenómeno aparece mientras el mercado laboral chileno atraviesa un deterioro en empleo y formalidad. La desocupación llegó a 9,6% en el trimestre junio-agosto, las personas ocupadas disminuyeron 0,9% en doce meses y los asalariados formales retrocedieron 2,9%. La informalidad alcanzó 26,3% y la tasa combinada de desocupación y tiempo parcial involuntario se situó en 16,2%.
Más horas, pero menos disposición a cambiar de trabajo
La presión cruza prácticamente todas las generaciones. La proporción que recurre a un segundo empleo llega a 43% entre trabajadores de la Generación X y la Generación Z, 41% entre millennials y 32% entre baby boomers. Además, 26% de quienes tienen una jornada completa preferiría contar con una actividad laboral adicional.
Al mismo tiempo, la incertidumbre parece estar moderando la movilidad. La proporción de trabajadores que comenzó a buscar otro empleo por insatisfacción bajó desde 74% a 69%, mientras quienes pidieron un aumento salarial por esa razón disminuyeron de 61% a 58%. La búsqueda de más ingresos convive así con una mayor cautela para abandonar un puesto estable.
Bárbara Cisterna, directora de Grandes Cuentas de Randstad Chile, sostiene que “nos enfrentamos a una fuerza laboral que está adaptándose bajo una enorme presión”. Según la ejecutiva, la flexibilidad y la autonomía dejaron de funcionar únicamente como beneficios corporativos y empiezan a convertirse en herramientas para que los trabajadores puedan diversificar sus fuentes de ingresos.
La fotografía tampoco significa que los salarios estén perdiendo poder adquisitivo de manera generalizada. El Índice Real de Remuneraciones creció 3,4% en doce meses a agosto y acumula un avance de 2,2% durante 2026. Pero esa mejora promedio coincide con menor ocupación, retroceso del empleo formal y una inflación que continúa presionando determinados gastos familiares.
La combinación ayuda a explicar por qué el ingreso vuelve a situarse como una prioridad. No se trata solamente del nivel del salario, sino también de la continuidad del empleo, el costo de sostener el hogar y la posibilidad de generar recursos adicionales sin abandonar una fuente estable de trabajo.
La presión económica empieza a cruzarse con el bienestar
Trabajar más horas o compatibilizar distintas actividades abre, además, una segunda dimensión. Una guía publicada esta semana por Randstad sobre salud mental laboral advierte que el cansancio persistente, la irritabilidad, las dificultades de concentración y la imposibilidad de desconectarse pueden ser señales de sobrecarga. También destaca la importancia de proteger tiempos de descanso, ordenar prioridades y establecer límites entre vida personal y trabajo.
La preocupación adquiere peso porque el 18,5% de la población presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental, según el último Termómetro de Salud Mental Achs-UC, 5,8 puntos más que en 2025 y el mayor registro de los últimos cuatro años. El temor a perder el empleo llegó a 24,7%, mientras 23,3% declara altos niveles de estrés ante la posibilidad de que la automatización o la inteligencia artificial afecten su estabilidad laboral o la de su hogar.
La relación entre bienestar y condiciones laborales también aparece en las decisiones de permanencia. Un 42% de los trabajadores chilenos dejó alguna vez un empleo porque no se ajustaba a su vida personal y 25% lo hizo por falta de autonomía, datos que refuerzan el peso que flexibilidad, sueldo y calidad de vida están adquiriendo en las decisiones laborales.
Randstad plantea que el autocuidado individual forma solo una parte de la respuesta. La carga de trabajo, el liderazgo, la autonomía, la flexibilidad y la claridad de las funciones también inciden en la experiencia cotidiana de los equipos. Para las empresas, esa mirada conecta directamente con una tendencia que ya instaló la salud mental como una variable de gestión y sostenibilidad laboral.
Una nueva variable para la gestión de personas
El crecimiento del segundo empleo plantea así una lectura que va más allá de los ingresos. Para las compañías significa convivir con trabajadores que pueden compartir su tiempo entre distintas actividades, exigir mayor flexibilidad y, al mismo tiempo, enfrentar mayores riesgos de cansancio y dificultad para desconectarse.
Esa realidad obliga a mirar de otra manera la relación entre productividad y permanencia. Un trabajador que necesita extender su jornada o buscar una segunda fuente de ingresos puede mantener su empleo principal y, aun así, disminuir su disponibilidad para asumir nuevas cargas o prolongar indefinidamente sus horarios.
El dato de Randstad deja una señal relevante para el mercado laboral chileno: cuatro de cada diez trabajadores buscan reforzar sus ingresos mientras más de la mitad teme por la estabilidad de su empleo. Para las empresas, retener talento ya no pasa únicamente por ofrecer un salario competitivo, sino también por construir condiciones que permitan sostener el trabajo sin convertir la necesidad de ganar más en una fuente permanente de sobrecarga.



