[Opinión] Chile, el oasis imaginario

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Por: Alejandro Godoy. Autor del libro “Emprendimiento: Demoliendo Mitos”


Capítulo 1. Los Jaguares de Latinoamérica.

Érase una vez, un pequeño país al sur del mundo que, luego de padecer 17 años de dictadura militar, decidió mediante un voto poner término a una de las épocas más sombrías de toda su historia.

A partir de ese momento, se inició un período conocido como de “Transición a la Democracia”, el cual, además de que parecía no acabarse nunca, se estructuró sobre tres pilares fundamentales que determinarían el destino de su pueblo por las siguientes tres décadas:

Un acuerdo entre el poder económico (y como consecuencia de lo anterior, también el poder militar) con el nuevo poder político que suponía para este último, el compromiso de no modificar el modelo liberal de mercado y, fundamentalmente, nunca llegar a investigar ni mucho menos cuestionar el oscuro proceso de privatización de las empresas estatales llevado a cabo hasta la medianoche anterior al cambio de gobierno. Mientras que para los primeros representó una forzada disposición a pagar un poco más de impuestos que permitieran incrementar el gasto público, focalizado en reducir el 40% de pobreza con el que se recibía el país. Esfuerzo que luego daría origen a una nueva clase media que, amparada en un naciente acceso al crédito, llegaría a mejorar sus condiciones de vida -deudas mediante- adquiriendo diversos bienes de consumo que les habían sido, hasta ese momento, completamente ajenos.

La anulación y desarticulación, por parte del gobierno entrante (y sucesivos) de toda forma de movimiento social que supusiera demandas colectivas. No, el mundo que se configuró a partir de 1989 era el del privilegio del interés individual, basado en la medida que se facilitara y extendiera el acceso al consumo de todo tipo de bienes (incluida la salud y la educación), cualquier otra aspiración quedaría subordinada a lo anterior. El resultado fue un país que se fue transformando en un modelo de “paz social” que no era sino el privilegio de un orden público que permitía a la economía crecer a tasas del 7% promedio anual, permitiendo a los ricos convertirse en muchísimo más ricos y a los pobres, dejar los campamentos, comprar ropa de primera mano y tener una lavadora y un televisor a color.

Lo anterior supuso también, despolitizar completamente el quehacer público. Las elecciones se transformaron en un trámite (y para muchos, en un “cacho”). Los políticos, cada vez más intrascendentes, junto con adquirir el gusto embriagante del poder, hicieron de la práctica de la corrupción un hecho regular. El que quiera negarlo, simplemente que se cuestione cómo se financiaban esas millonarias campañas de los 90’ que empapelaban ciudades enteras con afiches, letreros y palomas.

Todo lo anterior lo coronó Marcelo “Chino” Ríos, quien, aparte de llegar a ser un gran tenista, se transformó en el perfecto role model para la época (exitoso, inculto, hedonista y profundamente individualista) quien en 1997 sintetizó el sentir de la época en su famoso –“No estoy ni ahí”-.

Ese mismo año, Chile abrochó su clasificación al Mundial de Francia ‘98, después de dieciséis años sin participar de esas instancias. Fue el punto cúlmine de una generación. Una que por primera vez iba poder viajar a Europa a ver a su selección empatar los tres partidos de primera fase, no importando que tuviera que dormir en parques o machetear compatriotas para poder comer algo. Mucho menos que los pasajes fueran comprados a 48 cuotas, o como decía la publicidad de la época “de mundial a mundial”. Lo importante era ser parte del frenesí del consumo y poder gritar a cámara saludos a toda la familia que disfrutaba en casa viendo a uno de los suyos conquistar el Viejo Continente en despachos de matinales de TV que se transmitían desde el Sena.

Y como luego de alcanzar toda cúspide solo deviene el descenso, el nuestro fue abrupto y dramático. Se llamó “Crisis Asiática”. Y desde mediados del ‘98 nos demostró por primera vez, que si bien podíamos ser el país más ordenado y presuntuoso del vecindario (los argentinos del siglo XXI) no estábamos ajenos a los problemas globales.

Dicha crisis, sumado a la creciente popularidad de un alcalde de comuna de altos ingresos, que había leído mejor que ninguno los tiempos que se vivían (la despolitización, la banalidad imperante, la idea de centrarse en “los problemas de la gente” y, finalmente, el “cosismo”) derivó en que el año 1999 las elecciones presidenciales en su primera vuelta quedaran prácticamente en empate. Luego, en segunda, el candidato oficialista lograría imponerse, extendiendo en consecuencia por seis años más nuestra “transición a la democracia”.

Capítulo 2. The Clinic.

Quizás lo único bueno que nos dejó la crisis asiática fue que nos obligó a bajarnos del pony de creernos “los Jaguares de Latinoamérica”. Imagen construida en contraposición a los verdaderos tigres asiáticos, cuyas tasas de desarrollo teníamos como modelo a la época.

Lo otro que determinó el fin de esa era fue un evento ocurrido a más de 11.000 kilómetros de Santiago, cuando en la capital de Inglaterra fue detenido el dictador que había sometido a nuestro país a 17 años de vejámenes a los derechos humanos. Ciertamente fue detenido por causa de lo anterior, luego de una orden emitida por un tribunal español, ya que los nuestros estaban demasiado comprometidos con la tesis de la justicia “en la medida de lo posible” que no era más que “en la medida que no incomode a los que verdaderamente mandan”.

En paralelo, se iniciaba en nuestro país, la campaña presidencial que pondría un nuevo nombre en la Moneda. Como ya lo señalaba, la contienda fue dura entre el alcalde de sonrisa hueca e ideas cortas y el hombre del dedo.

En ese contexto, un pasquín publicitario, diseñado para la campaña presidencial del candidato oficial tomó el nombre del recinto hospitalario donde había sido detenido el dictador, el cual, con esa economía de conceptos que solo los ingleses pueden ofrecer al mundo se llamaba sencillamente “The Clinic”.

Dicho pasquín, una vez concluida la campaña, probó ser un buen negocio para sus creadores y propietarios. Entonces jóvenes, irreverentes y contestatarios, que luego, con el tiempo y las utilidades generosamente obtenidas del proyecto editorial se transformarían en viejos, conformistas y reaccionarios.

Durante ese proceso, The Clinic se constituyó en una de las principales herramientas de comunicación para la contracultura nacional que buscaba ansiosa espacios donde nuevamente expresarse, ya que todos aquellos que habían sido abiertos hacia el final de la dictadura fueron convenientemente cerrados a lo largo de toda la década, tanto por reglas del mercado, como por las autoridades en ejercicio, mucho más interesadas en promover el desarrollo de consumidores que de ciudadanos.

Esa expresión de irreverencia y de cuestionamiento al poder, representada en las portadas de la revista, primero mensual, luego quincenal y finalmente semanal, fue tomando de a poco, una forma política.

Si ya no éramos los jaguares de Latinoamérica, ¿en qué nos transformaríamos cuando el consumo ya parecía no serlo todo?

Porque pese a que ahora se podía viajar a Miami, comprarse un cero kilómetro y vivir en una casita de comuna periférica, pero que parecía de barrio alto, la verdad no gozábamos del bienestar prometido y tampoco llegábamos a ser felices. Y los hijos de esa nueva clase media vulnerable nos demostrarían en pocos años más, con una tremenda fuerza y convicción, que ese mundo acomodaticio, desarraigado de su cultura y con sus valores transados por una tarjeta de Falabella o La Polar, que la vida en sociedad debía ser mucho más que acumular bienes a cambio de endeudarse.

Capítulo 3. La Revolución Pingüina.

Aunque parezca solo una coincidencia, no es trivial que el origen de la primera gran manifestación de cuestionamiento al orden establecido desde la vuelta a la democracia haya sido un alza en el pasaje de la locomoción colectiva para los escolares de la Región Metropolitana. El 2006, inicialmente por unos pocos pesos, se demostró con cientos de miles de personas en las calles de todo el país, la fragilidad de una estructura social construida sobre los privilegios de unos pocos y la promesa incumplida que solo mediante el esfuerzo personal y, nuevamente, el endeudamiento para acceder a la educación superior, las grandes mayorías de nuestra población podrían alcanzar una mejor calidad de vida para su presente y asegurar su futuro.

Cinco años más tarde, cuando los secundarios del 2006 ya se encontraban -préstamos mediante- en la universidad, portando smartphones adquiridos en 36 cuotas en las grandes tiendas, se produjo un nuevo estallido social que buscaba, justamente, abordar el drama de cientos de familias que se endeudaban más allá de todas sus posibilidades de pago futuro para que alguno de los suyos accediera a la educación universitaria, muchas veces a estudiar carreras ficticias o sobrepobladas de profesionales que iniciarían su vida laboral ganando menos de lo que costaban mensualmente sus estudios.

A lo anterior se sumaron nuevas causas. La ecología, el animalismo, el feminismo, el cuestionamiento al sistema de pensiones, al de salud, etcétera. Todo además, animado por el hecho que luego de 20 años de gobiernos socialdemócratas, había por primera vez en La Moneda un presidente de derecha.

El 2011 quedó claro que la promesa fundamental del modelo neo-liberal, aquella que solo con tu propio esfuerzo podrás salir adelante, en una sociedad con un clasismo profundamente arraigado, donde, según en un paper publicado el año 2016 por Zeth Zimmerman, economista de Yale y profesor de la Universidad de Chicago se demostró de manera contundente cómo el asistir a una universidad de élite aumenta significativamente las probabilidades de acceder a los puestos de alta dirección en las grandes empresas, pero solo si también se ha asistido previamente a uno de los ocho colegios más exclusivos de nuestro país (todos ellos en Santiago), ciertamente no se estaba cumpliendo.

Que el bienestar ofrecido no alcanzaba para todos, más allá de que pusieran toda su dedicación y trabajo en conseguirlo. Que el alcance de metas y de una mejor calidad de vida no solo dependía del individuo, sino que mucho le corresponde a la sociedad que debe acogerlo, protegerlo y proveerle oportunidades en igualdad de condiciones para todos sus miembros. Que el bienestar y la a felicidad no se establecían solo a partir de los  logros propios, sino que también de los de la comunidad. Que el crecimiento económico no podía ser a costa de la depredación de nuestros recursos naturales y que el desarrollo de la sociedad en su conjunto le correspondía tanto a nivel de derechos como de obligaciones, tanto a los hombres, como a las mujeres que la componen.

No, Chile nunca fue un oasis. Era un espejismo.

Esta metáfora, más allá de que puede parecer no muy original, hoy resulta bastante precisa para describir lo que solo se puede entender como una profunda desconexión de las élites políticas y empresariales con la realidad del país que durante los últimos treinta años les ha tocado administrar y gobernar.

La idea habitual que tenemos respecto a un espejismo (aquellos que se ven en el desierto, muchas veces en medio del desvarío producido por la deshidratación) es justamente un “oasis”. Ese lugar que brinda agua, sombra y refugio a quien está a punto de perecer en medio de las arenas. Y eso fue lo que describió el Presidente Piñera solo una semana antes del estallido de esta crisis social que ya se extiende por casi dos meses. Un oasis que solo las élites veían.

Luego de transcurridas todas estas semanas, las fotos de ciudades que parecen asediadas, destruidas y con barrios despoblados nos dan cuenta de la verdadera fractura social, de la percepción de injusticia, de -muchas veces- la falta de dignidad en el trato, del desánimo, la desesperanza y finalmente la angustia de no poder “llegar a fin de mes” presentes en millones de compatriotas para quienes ese “oasis” no era sino un desierto, con palmeras y lagunas ficticias (como las que pueblan nuestros malls), construidas solo sobre el acceso al crédito y la posibilidad de endeudarse para poder alimentarse, educarse, acceder a tratamientos médicos o incluso para comprar remedios.


El contenido expresado en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no representa necesariamente la visión ni línea editorial de Poder y Liderazgo.


 

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