Inteligencia artificial, nuevas trayectorias laborales, financiamiento institucional y desarrollo territorial concentran los desafíos que las universidades estatales deberán enfrentar en los próximos años, en medio de una transformación que también está modificando sus liderazgos
Por Jorge Guzmán Zúñiga. Responsable de Contenido y Medios del Centro Tecnológico Ucampus de la Unviersidad de Chile
Nunca tantas mujeres habían ocupado simultáneamente las rectorías universitarias en Chile. Catorce de las 52 universidades del país son actualmente dirigidas por mujeres, equivalente al 27% del sistema y la mayor representación femenina registrada hasta ahora. Seis de ellas encabezan instituciones pertenecientes al Consorcio de Universidades del Estado de Chile (CUECH).
El cambio ocurre, además, en uno de los momentos de mayor transformación para la educación superior. La inteligencia artificial, nuevas formas de aprendizaje, trayectorias laborales cada vez menos lineales y las demandas por mayor vinculación con los territorios están obligando a revisar no solo qué enseñan las universidades, sino también cuál será su papel dentro de la sociedad durante las próximas décadas.
Las protagonistas de esa discusión son Alejandra Mizala, de la Universidad de Chile; Marisol Durán, de la Universidad Tecnológica Metropolitana; Fernanda Kri, de la Universidad de O’Higgins; Luperfina Rojas, de la Universidad de La Serena; Solange Tenorio, de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación; y Jenniffer Peralta, de la Universidad de Tarapacá. Planteles con historias y realidades muy distintas, pero cuyas rectoras convergen en una idea: la universidad deberá transformarse profundamente sin perder su función pública.
El liderazgo femenino adquiere también una dimensión institucional dentro del sistema estatal. Marisol Durán asumió en junio la presidencia del CUECH, mientras Alejandra Mizala asumió su vicepresidencia, instalando a dos rectoras en la conducción del organismo que agrupa a las universidades estatales.
La universidad ya no termina con un título
Uno de los cambios más profundos parte de cuestionar una trayectoria que durante décadas pareció natural: ingresar a una universidad, obtener un título y ejercer una misma profesión durante buena parte de la vida laboral. Ese modelo comienza a quedar atrás ante ocupaciones que desaparecen, nuevas competencias que surgen aceleradamente y trabajadores que deberán actualizarse varias veces durante su carrera.
Para Fernanda Kri, rectora de la Universidad de O’Higgins, esta realidad obligará a convertir la formación permanente en una función central de las instituciones.
“Hoy las personas ya no estudian una profesión para ejercerla durante toda su vida. Cambian de ocupación, se perfeccionan, adquieren nuevas competencias o incluso se reinventan profesionalmente. Eso significa que la universidad debe dejar de entenderse como un lugar al que se ingresa una sola vez”, sostiene.
La mirada tiene especial relevancia desde regiones. En O’Higgins, donde Kri se convirtió en la primera mujer electa rectora de la Universidad de O’Higgins, la construcción de una universidad estatal ha estado estrechamente vinculada con la formación de capital humano y la generación de capacidades propias para un territorio que durante décadas careció de una institución pública de estas características.
La universidad del futuro, bajo esta mirada, dejará de ser una institución a la que se ingresa una sola vez. Formación continua, especializaciones más breves y actualización de competencias deberán incorporarse a una relación mucho más prolongada entre las personas y el sistema de educación superior.
La inteligencia artificial cambia las preguntas
El segundo desafío ya está dentro de las salas de clases. La inteligencia artificial generativa está modificando la manera de aprender, investigar y producir conocimiento, pero las rectoras coinciden en que el debate universitario no puede reducirse a determinar qué herramientas pueden o no utilizar los estudiantes.
Desde la UMCE, Solange Tenorio sitúa la discusión dentro de un escenario bastante más amplio. “La inteligencia artificial generativa, la transición demográfica, el cambio climático y la crisis de representatividad nos obligan a repensar y modernizar nuestros modelos para formar personas creativas, con pensamiento crítico, compromiso ético y agencia para liderar con humanidad los procesos sociales”, sostiene.
Para Alejandra Mizala, las universidades públicas tienen además la responsabilidad de investigar la propia inteligencia artificial y contribuir a orientar sus aplicaciones hacia el interés público. Marisol Durán agrega tres tareas: aportar criterios éticos, formar a las nuevas generaciones en capacidades avanzadas e intervenir en la discusión sobre la regulación de estas tecnologías.
Luperfina Rojas, en tanto, pone un límite a la fascinación tecnológica: la inteligencia artificial debe ampliar las capacidades humanas y complementar el juicio profesional, siempre orientada al bienestar de las personas. Y Tenorio introduce otra advertencia: ninguna modernización puede profundizar las desigualdades ni sustituir la dimensión humana de la formación universitaria.
La pregunta deja entonces de ser si las universidades utilizarán inteligencia artificial. El desafío será qué capacidades humanas deben fortalecer precisamente en un mundo donde cada vez más tareas podrán ser realizadas o asistidas por sistemas automatizados.
El financiamiento define cuánto puede cambiar la universidad
Las transformaciones académicas requieren, sin embargo, una estructura que permita sostenerlas. Y allí aparece uno de los asuntos políticamente más relevantes de la discusión: el modelo de financiamiento de las universidades públicas.
Marisol Durán plantea una modificación que supera la demanda coyuntural por mayores recursos. Su propuesta apunta directamente a la arquitectura con que el Estado financia sus instituciones universitarias. “Necesitamos avanzar desde un modelo basado en subsidios a la demanda hacia un financiamiento institucional integral y estable”, enfatiza la presidenta del CUECH.
La definición implica discutir cuánto depende actualmente el funcionamiento universitario de los recursos asociados a los estudiantes y cuánto debiera aportar directamente el Estado para sostener investigación, infraestructura, innovación y funciones públicas que no necesariamente generan ingresos inmediatos.
La discusión tiene además una segunda dimensión: las desigualdades comienzan antes de que los estudiantes lleguen a las universidades. Las diferencias observadas en el acceso a la educación superior según establecimiento escolar y región de origen muestran que cualquier transformación del sistema deberá considerar también quiénes tienen efectivamente posibilidades de ingresar y desde qué territorios lo hacen.
El futuro de la universidad pública dependerá así tanto de su capacidad para innovar como de las condiciones que tenga para hacerlo. Exigir mayor investigación, formación permanente, digitalización y presencia territorial sin resolver su sostenibilidad financiera podría convertir buena parte de esa agenda en declaraciones difíciles de materializar.
El territorio deja de ser solamente una ubicación
La relación con las regiones constituye otro punto de convergencia. Para estas rectoras, una universidad ubicada fuera de Santiago no debe limitarse a reproducir programas académicos definidos desde una mirada nacional, sino que puede transformar las necesidades de su entorno en preguntas de investigación, innovación y formación.
Para Luperfina Rojas, rectora de la Universidad de La Serena, ese vínculo requiere desarrollar investigación aplicada y respuestas concretas para las comunidades. Fernanda Kri plantea que no existe contradicción entre construir una fuerte identidad regional y desarrollar simultáneamente una proyección nacional e internacional.
Desde Arica, Jenniffer Peralta, rectora de la Universidad de Tarapacá, lleva esa relación directamente al ámbito estratégico: “En la UTA nuestro territorio forma parte de nuestra identidad y también orienta nuestras preguntas de investigación. Producimos una mirada que el país necesita para comprender mejor sus fronteras, su diversidad, su historia y su proyección latinoamericana”.
La afirmación pone sobre la mesa una discusión que trasciende al sistema universitario. En un país marcado por una histórica concentración de capacidades en Santiago, el conocimiento producido por las universidades regionales puede convertirse en infraestructura estratégica para enfrentar desafíos productivos, ambientales y sociales desde los propios territorios.
La universidad regional adquiere entonces una función distinta: no solo formar profesionales para el territorio, sino producir conocimiento desde el territorio.
Un cambio que también alcanza al liderazgo
Las seis rectorías expresan finalmente otra transformación. Durante décadas, los máximos espacios de poder universitario estuvieron ocupados casi exclusivamente por hombres. Hoy las mujeres representan el 27% de las rectorías del país y encabezan seis de las 18 instituciones pertenecientes al CUECH.
El avance todavía está lejos de la paridad, pero modifica progresivamente la composición de uno de los espacios de mayor influencia académica e intelectual del país. Hace poco más de una década no existían mujeres rectoras en las universidades chilenas, recuerda Marisol Durán al abordar la evolución experimentada por el sistema.
Para Jenniffer Peralta, sin embargo, el significado del liderazgo no está determinado solamente por quién alcanza una posición. “El liderazgo académico no consiste en ocupar un cargo, sino en generar oportunidades para que otros crezcan. El futuro requiere más mujeres liderando equipos, impulsando investigación, promoviendo la innovación y contribuyendo al progreso de sus comunidades, porque la diversidad de miradas fortalece las decisiones y enriquece las instituciones”.
Las seis rectoras coinciden así en una agenda que excede sus propias instituciones. Formación durante toda la vida, inteligencia artificial, sostenibilidad financiera, producción de conocimiento y desarrollo territorial están reconfigurando el papel que deberán cumplir las universidades.
La discusión ya no pasa por determinar si la educación superior chilena tendrá que cambiar. La pregunta que comienza a instalarse es quién será capaz de liderar ese cambio y desde qué visión de país.



