Desde bingos para costear viajes a Santiago hasta la NCAA y el March Madness, su historia cruza familia, distancia y disciplina, con Punta Arenas como raíz de una carrera que convirtió las limitaciones en impulso para crecer
Por Daisy Castillo Triviños
A los 23 años, Valentina Ojeda mira un recorrido que comenzó muy lejos de los grandes gimnasios del básquetbol estadounidense. Nacida y formada en Punta Arenas, salió de Chile siendo joven y construyó una trayectoria que pasó por Montverde Academy, Independence Community College, Virginia Commonwealth University y la University of Rhode Island, además de vestir la camiseta de la Selección Chilena.
Llegar hasta allí significó bastante más que desarrollar talento dentro de una cancha. Cuando todavía vivía en Magallanes, viajar a Santiago para entrenar implicaba conseguir pasajes y buscar recursos. Hubo bingos, completadas y una familia movilizada para que pudiera seguir avanzando. Años después llegaron la distancia, otro idioma, nuevas culturas y un sistema deportivo mucho más competitivo.
Su camino en Estados Unidos también fue una sucesión de etapas. En Independence Community College llegó a anotar 42 puntos en un partido y luego dio el salto a la División 1 de la NCAA con VCU. Más tarde eligió Rhode Island buscando una exigencia todavía mayor y consiguió una de las metas que se había impuesto: disputar el March Madness.
En conversación con Poderyliderazgo, Ojeda habla de aquello que ocurrió detrás de los resultados: la soledad, la familia que permaneció cerca pese a los kilómetros, la relación con Punta Arenas, la disciplina adquirida en Estados Unidos y el orgullo que todavía siente cuando le toca representar a Chile.
¿Cuándo comenzó a practicar básquetbol y por qué terminó eligiendo este deporte?
Empecé a practicar básquetbol cuando tenía entre siete y diez años. Cuando era pequeña hacía varios deportes. Jugaba fútbol, practicaba natación y elegí el básquetbol porque me apasionaba más.
Además, toda mi familia también jugó básquetbol, entonces me entretenía más cuando jugaba. Cuando me llamaron a la selección chilena tenía 13 años y jugaba con niñas de 15.
¿Qué parte de la deportista que es hoy se formó en Punta Arenas?
Crecer en una ciudad tan lejana como Punta Arenas moldeó tanto mi carácter como mi juego. Sabía que era difícil llegar al alto rendimiento y competir al nivel de Estados Unidos, pero jamás lo vi como algo imposible. Al contrario, eso me motivaba a seguir adelante.
A donde voy, ya sea con la selección chilena o estando allá, siempre digo con orgullo que vengo del fin del mundo, de uno de los lugares más fríos.
Aquí no teníamos los mejores gimnasios ni las mayores comodidades para entrenar, pero yo iba igual a donde fuera, ya fuera en el club o afuera, en el frío del parque. Esa resiliencia me preparó para soportar la presión del alto rendimiento en Estados Unidos.
Allá las instalaciones y los recursos eran infinitamente superiores, pero esa abundancia me hizo valorar todavía más el esfuerzo y aprovechar cada hora extra de entrenamiento. Si en Punta Arenas entrenaba con lo mínimo, con todo lo que tenía allá las posibilidades eran enormes. Jamás hubo espacio para las quejas. Viniendo de un lugar tan humilde, sabía que en Estados Unidos todo iba a ser un impulso para dar mucho más.
¿Qué rol jugó su familia en los momentos más difíciles de ese camino?
Mi familia siempre tuvo un rol importante para mí. Son mis pilares, los que me llevaron a estar en esto y gran parte de mi carrera fue posible gracias a ellos.
Cuando era más pequeña y estaba en Punta Arenas había que viajar a Santiago a entrenar, y ellos hacían lo posible para conseguir esos pasajes. Recuerdo cuando hacíamos un bingo o una completada, lo que fuera, y pedíamos ayuda para reunir fondos.
Incluso ahora, que ya estoy grande, hay momentos en Estados Unidos en que se me viene a la cabeza la idea de volver a Chile. Ellos siempre están ahí para decirme que tampoco está mal volverse o para apoyarme en ese momento y entregarme diferentes perspectivas. Siempre estuvieron ahí.
¿Cómo sobrellevó la distancia de Punta Arenas durante los años en Estados Unidos?
Siempre extrañaba mucho a mi familia y a Punta Arenas. La distancia fue un problema para mí, pero tampoco era algo que me impidiera seguir en lo que quería, que era jugar al máximo nivel.
Por suerte ahora existen FaceTime, WhatsApp y las videollamadas. Hacía videollamadas casi todos los días con mi familia y me sentía cerca de ellos. A la vez, ellos me mostraban lo que hacían y cómo estaba Punta Arenas. De repente nevaba o estaba muy soleado.
Cuando estaban conduciendo y no podían hablar, me mostraban la costanera. Siempre hablábamos de la distancia y, por eso, extrañaba más estar en la casa.
¿Y cómo enfrentó la soledad durante sus primeros años fuera de Chile?
La soledad también fue un poco difícil, porque además de estar sola tampoco había mucha gente que hablara español en mi universidad. Tenía que acostumbrarme a la cultura de ellos, lo que no está mal porque son culturas diferentes.
Quizás en algunas situaciones a mí me gustaban cosas que al resto no y no tenía un partner. Con mis compañeras del equipo nos veíamos todos los días y prácticamente hacíamos nuestras actividades en común, de modo que no estaba completamente sola, pero me faltaba alguien que compartiera lo mismo que yo.
Después de tanto tiempo lejos, ¿qué es lo primero que hace cuando vuelve a Punta Arenas?
Sinceramente, cuando vuelvo a casa lo primero que pido es un bife a lo pobre. Puede parecer algo sencillo, pero es de las comidas más significativas para mí. Desde chica me encanta y, además, la carne en Chile tiene un sabor muy diferente al de cualquier otro lugar.
También disfruto de los porotos granados, las lentejas, una buena empanada o un milcao, entre otras cosas. Eso sí, intento distribuirlos durante las semanas que paso en Punta Arenas, porque comerlo todo en uno o dos días no sería lo ideal para mi nutrición.
En cuanto a los paseos, me encanta ir al campo, a la costanera y a lugares emblemáticos de Punta Arenas, como el Cerro La Cruz.
Su recorrido pasó por distintas etapas en Estados Unidos. ¿Qué significó cada una para su crecimiento?
Mi paso por las diferentes universidades influyó muchísimo en mi trayectoria. Cuando llegué a Estados Unidos hice tercero y cuarto de High School y de ahí salté a un Junior College, Juco, en Independence, Kansas.

El paso por Juco me marcó profundamente. Por lo general, estos lugares son una vía para deportistas internacionales que no tuvieron gran vitrina o para estadounidenses muy talentosos que necesitaban subir sus notas. Era un entorno muy humilde y con pocos recursos. De hecho, mi residencia era literalmente un edificio donde compartía dormitorio con cuatro compañeras.
Pese a lo modesto del lugar, viví experiencias inolvidables. Rompí el récord de puntos en un solo partido con 42 anotaciones y, al graduarme, fui elegida para dar el discurso de toda la generación. Además, como el gimnasio no siempre estaba disponible, mi costumbre de entrenar donde fuera, heredada de mis tiempos en Punta Arenas, hizo que eso nunca fuera un obstáculo.
Pasar después a VCU, en División 1 de la NCAA, significó un cambio radical. Teníamos un gimnasio exclusivo para nosotras, nutricionista y una persona encargada de cocinarnos. El nivel de exigencia era muchísimo mayor, lo que obligó a mi lectura de juego a evolucionar mientras competía contra jugadoras más grandes y atléticas.
Tras dos años allí, aunque podía quedarme uno más, decidí buscar un entorno todavía más competitivo para cumplir mis metas: ganar la conferencia y clasificar al March Madness, el torneo de la NCAA. Logré transferirme a Rhode Island, donde el nivel era de máxima exigencia, y pude alcanzar el objetivo que tanto anhelaba.
¿Qué intenta llevar de la experiencia estadounidense a la Selección Chilena?
Lo que busco trasladar de mi experiencia en Estados Unidos es, ante todo, la importancia del apañe y el apoyo constante entre compañeras, además de darlo todo en cada entrenamiento y exigirnos al máximo.
Allá aprendí que la unión del equipo es fundamental. Recuerdo los momentos que pasábamos juntas jugando a las cartas, porque al final éramos nosotras las que estábamos en la cancha y definíamos los partidos.
También me quedó grabada la autoexigencia. Si terminaba la práctica, me quedaba lanzando al aro o llegaba antes para sumar más trabajo. La disciplina va mucho más allá del básquetbol. Si había que estar a una hora, se llegaba cinco o diez minutos antes, ya fuera para una reunión o para ver videos del rival. Es un hábito que intento replicar en cualquier equipo donde me toque estar, ya sea en la selección o en otro lugar.
La exigencia de los entrenadores en Estados Unidos era máxima y la competencia interna, feroz. Todas querían jugar y competir por un puesto, por lo que los entrenamientos se vivían con una intensidad tremenda. Nos exigíamos al límite y competíamos como si fuera lo más importante, aunque después, fuera de la cancha, nos lleváramos excelente. Esa seriedad y profesionalismo es lo que siempre busco rescatar.
¿Qué le enseñó crecer en Punta Arenas cuando entra a una cancha a representar a Chile?
Vivir en Punta Arenas me enseñó a no tenerle miedo al éxito. Desde pequeña comencé a integrar la selección y a vivir grandes logros: ganamos un torneo sudamericano, alcanzamos el tercer puesto a nivel de América y disputamos encuentros exigentes frente a potencias del básquetbol como Estados Unidos y Canadá.
Esa experiencia temprana me inculcó la convicción de dar siempre lo mejor de mí al pisar la cancha. Cada partido es una oportunidad para mejorar, superar mis límites y alcanzar un nivel superior, porque mi objetivo siempre fue llegar lo más alto posible.
Jugar no solo es una bendición que permite disfrutar de este deporte, sino también el mayor orgullo al representar a tu país.
Una historia que sigue desde el sur
Ojeda habla de su carrera sin separar lo que ocurrió dentro de la cancha de aquello que la sostuvo fuera de ella. En su historia conviven la familia que buscaba recursos para financiar viajes, las videollamadas desde Estados Unidos, los entrenamientos en el frío de Punta Arenas y la decisión de seguir buscando espacios cada vez más competitivos.
Después de recorrer miles de kilómetros, cambiar de equipos y aprender a competir en otro sistema, hay una referencia que permanece. Punta Arenas sigue siendo el lugar desde donde explica buena parte de lo que construyó y también el punto al que vuelve cuando habla de familia, pertenencia y futuro. Para ella, venir “del fin del mundo” nunca fue una distancia que esconder, sino una identidad que llevar a la cancha.



