Por Carlos Cantero O. Doctor en Sociología y Geógrafo
No reclamamos contra la minería, sino por la región minera. No queremos repetir la historia del guano, la plata, el salitre, el cobre y el litio: riqueza para otros; aquí, humo, miseria y abandono.
Digámoslo sin rodeos: la postergación de las regiones mineras es, ante todo, responsabilidad endógena. Pesan la minería y el centralismo, pero lo hemos permitido: mal trabajo territorial, segregación sociocultural, falta de liderazgo y planificación, y grupos económicos y políticos que anteponen sus intereses al bien común.
La paradoja: riqueza exógena, pobreza endógena. Territorios de riqueza mundial arrastran déficits de desarrollo humano: servicios deficientes, marginalidad habitacional, red vial colapsada, contaminación impune, delincuencia en alza, con crimen organizado, narcotráfico y cibercrimen al acecho.
Las estadísticas muestran alto desarrollo humano, inflado por conmutados que viven fuera. Los promedios ocultan desigualdad y capital social debilitado. No faltan recursos ni ideas, sino capacidad de autoorganizarnos: articular un proyecto común, sostenerlo y exigirlo. Nada externo, ni la OCDE, suple ese déficit. Sin tejido social, toda propuesta foránea será despilfarro y perpetuará los vicios que pretende corregir.
Impera un sectarismo mediocre que cancela a quien haga sombra o amenace a los grupos de interés. Estos sesgos propician el abuso y la corrupción. El tráfico de influencias captura decisiones públicas y privadas. Mientras, la ciudad y los servicios se deterioran y las instituciones sucumben a la corrupción: casos Convenios, Fundaciones, CICITEM, Calama Plus.
Revertir esta tragedia histórica exige un nuevo paradigma con dos pilares: excelencia técnica y pluralismo participativo. Gobernanza y gobernabilidad deben sustentarse en el pluralismo y las alianzas público-privadas.
La autoridad pública debe conducir, coordinar y garantizar probidad y excelencia; la sociedad civil debe dejar de ser espectadora para vigilar y construir soluciones, con participación vinculante. Hay que desterrar la corrupción en todo el espectro político y cerrar la brecha entre las promesas y la realidad.
Todas las autoridades deben impulsar la descentralización, con más recursos, pero con mejor gestión.
Del extractivismo al valor compartido. La minería no es la culpable principal, pero sí clave para superar el rezago. Hoy carece de interlocutores: muchas autoridades responden a proyectos personales y están ancladas al centralismo.
La renta minera es transitoria; debe volverse capital permanente: infraestructura, capital humano, conocimiento y bienestar. La responsabilidad social no se mide por lo que se reparte hoy, sino por lo que permanece mañana.
La industria y la región deben evolucionar hacia el valor compartido y el desarrollo regenerativo: invertir en diversificación económica, innovación local y calidad de vida.
Urge preguntarse: ¿qué quedará cuando se acabe la mina? Nuestra historia no está escrita. La postergación no es destino, sino fruto de indecisiones y omisiones. Revertirla exige mirarnos al espejo: superar individualismo y sectarismo, exigir probidad, cultivar excelencia y participar de verdad.
La riqueza la tenemos. Nos falta comunidad. Construirla es difícil, pero es la única forma de convertir el mineral en futuro y la renta en legado permanente. El desafío es nuestro.
El contenido expresado en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor (a) y no representa necesariamente la visión ni línea editorial de Poderyliderazgo.cl



