El 5 de octubre de 1988 no solo derrotó la continuidad de Pinochet: abrió una salida democrática tras años de represión y violaciones a los derechos humanos. Hoy, su significado vuelve a interpelar a la política chilena
Por Richard Andrade C. Director de Poderyliderazgo.cl
Durante muchos años hubo familias chilenas que aprendieron a hablar en voz baja. Madres que buscaron a hijos detenidos que nunca regresaron, hombres y mujeres que sobrevivieron a la prisión y la tortura, otros que debieron rehacer sus vidas lejos del país porque el exilio dejó de ser una posibilidad y se transformó en destino. Hubo censura, persecución política y miedo, una experiencia que atravesó hogares completos y dejó heridas que todavía forman parte de nuestra historia.
Desde ese Chile se llegó al 5 de octubre de 1988. No desde el arcoíris ni desde la canción que después quedaron instalados en la memoria, sino desde un país que llevaba quince años bajo una dictadura y debía decidir si Augusto Pinochet permanecía otros ocho años en el poder. Millones de personas concurrieron a las urnas y una mayoría dijo No, abriendo el camino hacia elecciones presidenciales y parlamentarias y al término del régimen.
Treinta y ocho años después resulta difícil dimensionar lo que significaba entrar a una cámara secreta aquella mañana. Hoy sabemos que un gobierno tiene fecha de término, que quien pierde puede volver a competir y que la oposición puede cuestionar públicamente a quien ocupa La Moneda. Lo que hoy parece normal era precisamente aquello que Chile había perdido.
Lo que había detrás del No
Con el paso del tiempo hemos convertido aquella jornada en una historia demasiado limpia. Hablamos de la campaña, de la franja y de la celebración de esa noche, pero detrás de aquella papeleta había un país profundamente herido. Hubo ejecutados, detenidos desaparecidos, torturados y exiliados, además de familias quebradas y generaciones que convivieron durante años con el temor.
Las cifras permiten dimensionar la magnitud de las violaciones a los derechos humanos, pero no alcanzan para explicar sus consecuencias. Una persona desaparecida deja una familia esperando durante décadas. La tortura no termina cuando alguien recupera la libertad. El exilio tampoco desaparece simplemente cuando se vuelve al país. La dictadura dejó un daño humano y social que atravesó generaciones.
Por eso el 5 de octubre significó mucho más que preferir una opción electoral. También significó comenzar a recuperar una idea básica: que pensar distinto no podía costar la libertad, la integridad física o la vida, y que quien ejerciera el poder debía volver a estar sometido a límites y a la decisión periódica de los ciudadanos.
La democracia no reparó automáticamente esas heridas. No devolvió a los desaparecidos, no borró las consecuencias de la tortura ni resolvió las deudas de justicia que aún persisten. Pero permitió que Chile volviera a discutir sus diferencias dentro de instituciones democráticas y estableció una frontera que nunca debió cruzarse: ninguna crisis política, ninguna ideología y ningún proyecto de país justifican que el Estado viole los derechos humanos.
La democracia también fue para quienes estuvieron por el Sí
Hay algo especialmente significativo al mirar aquella jornada desde el Chile de hoy. Una parte importante de la derecha organizada respaldó el Sí en 1988 y defendió la continuidad de Pinochet. Décadas después, sectores provenientes de ese mundo político han llegado nuevamente al Gobierno mediante elecciones libres y ejercen plenamente el poder que les entregaron los ciudadanos.
Eso no debilita el significado del triunfo del No. Lo vuelve todavía más democrático. Quienes lucharon por terminar con la dictadura no recuperaron las instituciones para quedarse para siempre con el poder, sino para devolverlo a la ciudadanía y aceptar que, con el paso de los años, pudiera cambiar de manos tantas veces como los electores lo decidieran.
Pero existe otra realidad que tampoco puede esconderse. En el Gobierno, en el Congreso y en sectores de la derecha todavía existen dirigentes que reivindican la figura de Pinochet, relativizan la dictadura o buscan separar su supuesto legado político y económico de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante su régimen.
Y allí aparece una contradicción que merece ser observada. Quienes hoy pueden reivindicar públicamente a Pinochet, defender aspectos de su régimen, formar partidos, aparecer en televisión, ocupar un escaño parlamentario o ejercer cargos de Gobierno pueden hacerlo gracias a las libertades de una democracia que la propia dictadura negó a quienes se opusieron a ella.
No se trata de censurar esas opiniones. Precisamente porque vivimos en democracia deben poder expresarse. Pero la libertad de defender una determinada mirada sobre Pinochet no obliga al resto del país a relativizar la historia ni convierte los hechos acreditados en versiones opcionales. La libertad de expresión protege incluso aquello que incomoda; la memoria democrática permite confrontarlo.
Una fecha que todavía nos habla
El 5 de octubre tampoco debería convertirse en patrimonio exclusivo de quienes votaron No, de la antigua Concertación o de la izquierda. Su significado sería demasiado pequeño si se redujera a una celebración de vencedores y derrotados de hace casi cuatro décadas.
Aquella jornada pertenece también a quienes hoy votan por la derecha, a quienes respaldan al actual Gobierno y a generaciones que nacieron después de 1988. Todos viven bajo una democracia que permite ganar y perder sin que una derrota política signifique perder derechos.
Quizás por eso el mayor riesgo sea acostumbrarnos. Dar por hecho que siempre podremos votar, cuestionar al Presidente, publicar una crítica, organizar una marcha, crear un partido o intentar reemplazar en las urnas a quienes gobiernan. La historia chilena demuestra que ninguna de esas libertades está escrita para siempre si una sociedad deja de considerarlas irrenunciables.
Chile no necesita vivir atrapado en 1973 ni en 1988. Necesita haber aprendido algo de esos años. Puede discutir con toda la dureza posible sobre economía, seguridad, migración, educación o el rumbo político del país. Lo que no debería volver a aceptar es que una crisis, un miedo o una mayoría circunstancial sirvan para justificar que alguien gobierne sin límites o que determinados ciudadanos tengan menos derechos que otros.
El 5 de octubre de 1988 millones de personas fueron a votar después de quince años sin poder decidir democráticamente quién debía gobernarlas. Aquella noche no se resolvieron todos los problemas de Chile, pero el país comenzó a recuperar su propia voz.
Treinta y ocho años después, esa voz pertenece a todos, también a quienes piensan exactamente lo contrario de quienes ganaron aquel plebiscito. Ese es probablemente el legado más profundo del No: haber recuperado una democracia suficientemente amplia para proteger incluso a quienes hoy reivindican al hombre que fue derrotado en las urnas.
Y justamente por eso el 5 de octubre sigue importando.



