Por María Elba Chahúan, Vicepresidenta y Fundadora de Unión Emprendedora
En Chile, miles de mujeres emprenden todos los días en condiciones que pocas veces se reconocen del todo. No sólo están levantando un negocio, en muchas ocasiones además sostienen hogares y asumen tareas de cuidado invisibles para la economía formal. Ese esfuerzo cotidiano configura una verdadera doble jornada para miles de emprendedoras, que combinan el desarrollo de sus proyectos con responsabilidades familiares que rara vez aparecen en las estadísticas productivas.
Los números muestran una realidad poderosa y desafiante. En Chile hay cerca de 2 millones de personas microemprendedoras, de las cuales un 40,7% son mujeres. La mayoría inició sus emprendimientos con recursos propios porque el acceso a financiamiento formal sigue siendo limitado.
Sólo un 12,2% utilizó un préstamo o crédito como principal fuente de financiamiento al comenzar, según la última Encuesta de Microemprendimiento del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) de 2025. La falta de acceso a crédito sigue siendo una de las principales barreras para que los emprendimientos liderados por mujeres puedan crecer y consolidarse.
Ser emprendedora en Chile también significa trabajar más horas y enfrentar responsabilidades no remuneradas. El 92% de las personas microemprendedoras participa en trabajo doméstico o de cuidados no pagado, una cifra que en el caso de las mujeres llega a 95,6%, según el mismo informe. Esto implica jornadas extendidas que combinan producción, administración del negocio y labores de cuidado, generando una carga adicional que muchas veces limita el crecimiento de sus emprendimientos.
Lo que ocurre finalmente es que muchas mujeres emprenden por necesidad más que por oportunidad, porque el mercado laboral no siempre ofrece condiciones que permitan compatibilizar trabajo y cuidado familiar. El sistema financiero y las políticas públicas aún no logran compensar esa desigualdad estructural, lo que termina restringiendo el acceso a capital, capacitación y redes de apoyo.
El Día de la Mujer debería ser una invitación a preguntarnos qué más podemos hacer para que las emprendedoras tengan acceso real a financiamiento, créditos y apoyo técnico. También implica reflexionar sobre cómo crear condiciones para que los emprendimientos liderados por mujeres puedan crecer, innovar y escalar en igualdad de oportunidades.
Este día no se trata de discursos ni de gestos simbólicos. Se trata de abrir líneas de crédito diseñadas con perspectiva de género, impulsar programas que reconozcan la realidad de quienes emprenden y cuidan al mismo tiempo, y fortalecer redes de apoyo que valoren ese doble rol como una fortaleza y no como una desventaja.
Porque cuando una mujer emprende no sólo busca generar ingresos, también fortalece la economía local, impulsa desarrollo territorial y aporta a la cohesión social de su comunidad. Para que ese potencial se despliegue plenamente, necesitamos igualdad de condiciones, acceso justo al crédito, capacitación efectiva y políticas públicas que comprendan la realidad de las mujeres que emprenden y cuidan.
Este 8 de marzo no es sólo una fecha para conmemorar. Es una oportunidad para reflexionar y actuar, porque el desafío es claro: ninguna mujer debería verse obligada a elegir entre sostener su negocio o sostener a su familia. La igualdad de oportunidades en el emprendimiento es una condición esencial para el desarrollo de Chile.
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