Por Valeria Pérez O., Jefa Disciplinar – IP IACC, Escuela de Administración y Negocios
En el marco de una nueva conmemoración del 8M, quisiera compartir una reflexión desde mi experiencia como jefa disciplinar en el Instituto Profesional IACC y desde mi participación en programas de apoyo y acompañamiento a mujeres que buscan retomar o iniciar estudios superiores. El acceso a la educación para mujeres adultas sigue siendo un desafío relevante en términos de equidad y movilidad social, especialmente cuando se trata de compatibilizar múltiples responsabilidades personales y laborales.
En estos años he sido testigo de algo que trasciende cualquier indicador académico: mujeres que reorganizan su vida completa para estudiar. Madres que rinden evaluaciones después de acostar a sus hijos, trabajadoras que se conectan a clases tras extensas jornadas laborales, jefas de hogar que deciden —a pesar del cansancio y la incertidumbre— apostar por su desarrollo profesional como una forma de transformar su futuro.
La educación online ha permitido abrir una puerta que históricamente estuvo cerrada para muchas. Pero el verdadero impacto no está solo en el acceso, sino en la transformación personal que ocurre cuando una mujer vuelve a creer en su capacidad. La titulación no es solo un logro curricular; es una declaración de autonomía, dignidad y proyección personal y profesional.
En los programas de apoyo a mujeres he visto cómo el acompañamiento oportuno, la flexibilidad académica y la construcción de comunidades de apoyo pueden marcar la diferencia entre abandonar o persistir en los estudios. Cuando una mujer avanza en su formación, no avanza sola: fortalece a su familia, amplía oportunidades para sus hijos e hijas y se convierte en referente para su entorno.
En un país que busca mayor equidad y movilidad social, invertir en la formación de mujeres adultas es una decisión estratégica para el desarrollo del país. La educación no solo amplía oportunidades laborales, también fortalece el liderazgo femenino y genera transformaciones profundas en los territorios y comunidades.
Este 8M nos invita a reconocer avances, pero también a asumir desafíos. La educación superior tiene la responsabilidad de construir espacios más inclusivos, pertinentes y humanos, donde cada mujer pueda desarrollar su potencial sin verse obligada a elegir entre sus múltiples roles.
Porque cuando una mujer estudia, lidera y se titula, transforma su propia historia. Y cuando muchas lo hacen, transforman el país.
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